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Análisis panorama electoral: Tiraste gas, abandonaste


Por Hernán Brienza *

Macri tiraste gas abandonaste

Mauricio Macri ya nos había sorprendido con su nula sensibilidad histórica hace un par de años, cuando dijo que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner era el más autoritario de los últimos 50 años. Lo había dicho sin ponerse colorado por pronunciar tamaña demostración de ignorancia y sin recordar siquiera precedentes tales como las dictaduras de Juan Carlos Onganía y Jorge Rafael Videla o los oscuros años del peronismo isabelino.

Ahora, él, como quien se cree el dueño de la pelota, volvió a la carga: desde el domingo a la noche viene deslegitimando peligrosamente –incluso para la gelatinosa parte de la clase política que lo acompaña– el sistema electoral argentino y, como no podía ser de otra manera, también la Democracia que nos costó 183 años conquistar a todos los argentinos.

La concepción democrática de Macri mete miedo y demuestra de alguna manera el nivel de compromiso político de los sectores dominantes en nuestro país. “Si no gano yo, no gana nadie.” “Si yo pierdo, me llevo la pelota” o, lo que es lo mismo, “si gana el otro, lo derroco a través de un golpe de Estado”.

En la intimidad última de la clase dominante argentina emerge esa lógica política predemocrática. Desde la batalla de Caseros –3 de febrero de 1852– que sus opciones son: elecciones fraudulentas donde ganan los candidatos del establishment o golpes de Estado –militares, económicos, mediáticos– para asegurarse que las mayorías no puedan gobernar.

Las elecciones en Tucumán son una muestra de la nueva estrategia de la clase dominante argentina para volver a poner a raya a los sectores mayoritarios: deslegitimar la forma en que las mayorías se expresan para impedir justamente la voluntad de esas mayorías que dicen defender.

La democracia, se sabe, es un sistema perfectible constantemente y los sistemas electorales están siempre expuestos a errores, irregularidades, maldades, trampas. Pero, en general, son lo suficientemente controlados como para que los problemas que puedan surgir sean suficientemente controlados por todos los partidos interesados.

La quema de urnas en Tucumán se asemeja a la patoteada que supuestos hombres de Horacio Rodríguez Larreta realizaron en la PASO porteñas contra fiscales del Nuevo Mas en el barrio de La Paternal, por ejemplo. Siempre hay un margen de error, y siempre ese margen de error debe ser achicado para alcanzar el mínimo óptimo. Pero esos errores no invalidan el proceso electoral completo. Una golondrina no hace verano, una mesa concurrida no hace fraude.

Quien intenta deslegitimar el proceso electoral completo por un par de irregularidades, en realidad, está llevando adelante una operación antidemocrática. Por la siguiente razón: un gobierno que realiza fraude debe ser derrocado en nombre de la República. Así razonan los que denuncian trampa en los comicios. Así preparan a la opinión pública para cualquier opción futura. Con esa maniobra “antipolítica”, Macri recupera el rol que había abandonado de ser la “contrapolítica”. Al ver que pierde las elecciones de octubre, decidió dejar de lado el traje de “opción para la construcción de una derecha democrática” con un tono de “progresista de derecha” para convertirse claramente en un jugador de facto. Con la lógica del arquero Orión, Macri piensa: “si avanzás, te quiebro”. O me llevo la pelota. O te tiro gas pimienta para que no puedas jugar las elecciones de octubre.

La jugada de la oposición macrista –con el penosísimo rol de los sepultureros de la UCR y el sobreactuado tonito de “nenes bien” del Frente Renovador– no sólo generó crisis institucional en Tucumán, en donde el gobierno local respondió con una represión inusual, desmedida, irracional e inconveniente –incluso para sus propios intereses, ya que pasó de ser un gobierno sospechado de fraude a ser acusado de fraude más represión (un negoción)– que contrastó con los 12 años de política kirchnerista de no reprimir la protesta social, sea cual fuere. También descolocó al siempre moderado y contemporizador Daniel Scioli. Macri empujó a Scioli del centro del ring. Lo colocó no ya como el Nicolino Locche intocable sino como el Víctor Galíndez peleador al palo y palo. Lo obligó a recostarse sobre un posicionamiento estratégico. A pelear golpe a golpe con él. Y lo obligó a recostarse sobre el colchón de apoyo kirchnerista que hasta ahora lo respaldaba con cierta precaución.

Scioli recibió, así, de una medicina que hasta ahora no había probado. Más allá de algún sutil nivel de cobertura del Grupo Clarín, el gobernador de la provincia de Buenos Aires se vio obligado a renunciar a su discurso de “paz y amor” que tanto réditos le había otorgado hasta el momento. Es que Scioli está comprobando que los años que le esperan van a ser durísimos y que se va a tener que enfrentar a los caníbales políticos de siempre: aquellos que siempre van por todo porque han sido los dueños de todo.

Ante los caníbales políticos Scioli tiene un par de opciones, pero las más importantes son dos: a) Puede comenzar a ceder lentamente con ellos con la esperanza de no ser devorado por los poderes reales que como pac-mans han siempre intentado deglutirse a la clase política comprándola –como hizo con el alvearismo durante la Década Infame y el menemismo–, deslegitimándola –como hizo con Arturo Illia o Raúl Alfonsín- o, directamente, sacándola del juego político –como ocurrió con el yrigoyenismo o el peronismo–. Si cede, corre el riesgo de ir perdiendo legitimidad popular, y tarde o temprano ser deglutido como Carlos Menem o Fernando de la Rúa. b) Puede pactar desde una posición de fuerza, sabiendo que en varios frentes deberá ser intransigente y duro y mantener a raya a los caníbales políticos. Si utiliza esta última estrategia, podrá enfrentarse a severos riesgos –el de la deslegitimación permanente, por ejemplo– pero habrá hecho lo correcto en defensa de las mayorías.

La política, aun en el espacio más democrático y más plural posible, siempre lleva oculta una dinámica de mayor o menor enfrentamiento.

Entre participantes racionales, el pacto siempre es la mejor posibilidad. Con caníbales políticos –como ha demostrado serlo la clase dominante argentina– ceder siempre es la peor opción. Cuando Juan Domingo Perón comenzó a ceder a principios de 1955, fue derrocado.

Arturo Frondizi debutó cediendo y concluyó deglutido. Menem comenzó negociando con el sector agroindustrial concentrado y terminó cerrando con la Fundación Mediterránea.

Está claro que este mapa de posición no queda incluido dentro de las estrategias de construcción política de lo que aparenta ser el sciolismo y que pretende generar otros modos de relacionamiento hacia el interior de la sociedad.

La única opción ante jugadores tan brutales es, esto dicho con un dejo de humor, la que el general Máximo les dijo a sus oficiales en la película Gladiador frente a las hordas bárbaras: “Firmes y dignos.” El kirchnerismo demostró, con un poquito menos de dramatismo hollywoodense, desde hace 12 años que se puede. Y no hay que perder la fe: a pesar del gas pimienta, después de todo, la Copa Libertadores se la llevó River Plate.

*artículo publicado en la edición del domingo 30 de agosto del diario Tiempo Argentino

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