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Anticipo del nuevo libro de Daniel Enz: Los Hijos del Narco


Por Ana Silvano *

Esta semana salió a la venta el nuevo libro de Daniel Enz sobre narcotráfico en Entre Ríos. Se trata de Los hijos del narco (Narcotráfico, poder, violencia y muerte en Entre Ríos), un trabajo de 317 páginas, con Prólogo del periodista Hugo Alconada Mon (La Nación), uno de los investigadores más reconocidos en América Latina.

Los Hijos del Narco

En el prólogo, Alconada Mon dice : “Hay noticias más urgentes que otras. Y hay investigaciones más relevantes que otras. Pero sólo unas pocas son indispensables. Esta es una de ellas.
Daniel Enz, una vez más, prioriza lo que debía priorizarse, aquello que muchísimos otros colegas prefieren no ver: el avance del narco…
El lector podrá preguntarse: ¿qué tiene que ver lo que ocurre a unos pocos kilómetros de la Casa Rosada con Enz y su nuevo libro? Muchísimo. Porque Enz, célebre y respetado entre sus colegas periodistas de todo el país y de América Latina por su capacidad investigativa y su notable productividad, se mete con esta obra en otro tema ríspido, incómodo y peligroso, como debe ser.

Antes investigó a la Iglesia y los abusos de menores cometidos por sus sacerdotes. También avanzó sobre los políticos y la corrupción, y sobre los jueces más indignos. Pero ahora llegó el turno del narcotráfico y sus redes de complicidad en las fuerzas de seguridad, la sociedad entrerriana y los funcionarios públicos.

Hay que tener coraje para esto.

Porque si un empresario puede amenazar al periodista con iniciarle un juicio o un funcionario puede correrlo con que le quitará la publicidad oficial al medio de comunicación en que trabaja, el narco recurre a una 9 milímetros contra el periodista y se terminó la historia.

Por eso mismo, muchos otros periodistas adoptan la estrategia de la avestruz.

Pero no Enz.

Por eso este libro es necesario.

Porque, entre otros muchos puntos salientes, expone con ejemplo tras ejemplo esa zona gris que une y separa y vuelve a unir al narcotráfico y la política”.

(Parte del Prólogo del libro, a cargo del periodista Hugo Alconada Mon)

A continuación, fragmentos de algunos de los capítulos del décimo libro del director de la revista Análisis (de Paraná). Compartimos un anticipo de este atrapante y comprometido libro que sale a la venta en nuestra ciudad a partir de la semana que viene.

Los Hijos del Narco libro

Esta vez lo sorprendió. Y cuando lo vio se dio cuenta de que no era una pelea más. En milésimas de segundo subió la guardia, cuando notó la aparición repentina de ese joven, como tratando de cubrir su rostro, pero no le alcanzó. Los proyectiles de la escopeta recortada de doble caño le destruyeron la cabeza, sus dedos y una de sus manos. Su contrincante no quedó conforme. Y como si fuera una escena de pugilato, también le asestó un disparo al estómago, que ya no era necesario. La única distracción había sido bajar la mirada para encender el cigarrillo, a poco de apagar el motor del automóvil y abrir la puerta para bajar.

La escena era de una película de terror. Ni siquiera vista alguna vez en la pelea más sanguinaria. Ese ex boxeador que supo ser un importante proyecto, un joven con futuro que nunca pudo llegar, quedó desparramado en el asiento de su Ford Falcon, con los brazos extendidos, derrotado y parte de su cabeza colgando, con pérdida de masa encefálica.

En el barrio 74 Viviendas-UPCN había cierto silencio a esa hora de la mañana. Pero ese silencio veraniego se profundizó tras los disparos. Fue como si se hubiera paralizado por algunos instantes el reloj. Únicamente fue quebrado por los gritos desesperados de su mujer y algún que otro familiar, tratando de contenerla, para que no fuera a observar lo que había quedado de Ricardo Oscar Mancuello, cuando salieron alertados por los disparos.

Los pocos vecinos que estaban en sus puertas, mate en mano, quedaron azorados. No entendían muy bien ese set de película del hampa, en la que un don nadie apareció de la nada y le voló la cabeza a ese histórico boxeador. La imagen era muy fuerte y hasta tenebrosa. Todos se quedaron mirando azorados al ex púgil, bañado en sangre y casi con las tripas colgando en medio de su colorida remera. Casi nadie se percató de cómo ese muchacho de mameluco municipal que estaba barriendo sigiloso la calle, junto a un supuesto compañero de trabajo -justo en un día que había medidas de fuerza de parte de los empleados de la comuna-, sacó la recortada desde el tacho y lo asesinó. El joven tenía no más de 20 años, salió corriendo del lugar y desapareció con otra persona, en una moto que lo esperaba a escasos metros del hecho.

Eran no más de las 9 de ese miércoles 3 de enero y ya hacía calor en Paraná. Mancuello, como cada día, había salido a las 8.30 de la Unidad Penal, para iniciar una nueva jornada en su etapa de reinserción laboral, después de los 7 años de condena que le había impuesto la Justicia Federal por haber sido parte de un plan de transporte de siete kilos de cocaína, que fue lo que hallaron los policías en el domicilio de su mujer, el 18 de diciembre de 2002. La condena también la comprendió a ella, como así también a una tercera persona oriunda de Bolivia. El abogado José Raiteri, históricamente ligado a los gremios de Paraná más cercanos a la ortodoxia peronista, fue quien defendió a Mancuello. Marcos Rodríguez Allende -un letrado que hace años trabaja como defensor de narcotraficantes de la capital entrerriana-, a Rodas, la mujer implicada, a quien solamente condenaron a 3 años y por ende quedó en libertad. Mancuello bufó con la condena, pero optó por no reclamar nada. Su abogado le garantizó que iba a comenzar a salir en poco tiempo, para tareas sociolaborales.

Era la primera sentencia sobre sus espaldas, después de una historia dura, de mucha violencia, noche, prostitutas, juego clandestino, alcohol y también droga. Mancuello había sido uno de los mejores boxeadores de Paraná, que incluso estuvo a punto de llegar a las Olimpíadas en 1977, en plena dictadura, pero finalmente no se le dio. En realidad era muy joven por esos días y en Buenos Aires le bajaron el pulgar. Nadie lo conocía y no tenía padrinos en el gobierno entrerriano que creía manejar el brigadier Rubén Di Bello, cuando en realidad, el único jefe era el general Juan Carlos Ricardo Trimarco.

Mancuello había empezado un tiempo antes, junto a Luciano Amatti, en un gimnasio que el conocido formador de púgiles tenía en Avenida de las Américas. Ese joven inquieto y guapo llegó un día, se puso los guantes y empezó en la categoría Livianos. Provenía de una familia muy humilde del barrio Villa Mabel, donde la pobreza y la sobrevivencia en medio de hechos de violencia, con demasiadas muertes de jóvenes y no tan pibes, golpea cada día.

Tenía un estilo muy particular: era buen boxeador, pero también era peleador callejero. Se subía al ring y su contrincante tenía que saber que iba a terminar mal. Mancuello era sanguinario; no se detenía. Pegaba y pegaba hasta dejar maltrecho a su rival; lastimado, pidiendo piedad ante los golpes, las heridas y la sangre. Todos sabían que era un boxeador que podía llegar lejos. Y en la calle se lo decían y muchos apostaban a él. Como la gente de la casa de ropas Ñaró, que durante años lo vistió con sus camisas.

Pero no lo pudo lograr porque le ganó su adicción a la noche, a la que le destinaba más tiempo que a la jornada de día, donde debía entrenar, comer y descansar. No hacía casi nada de lo que le exigían. Era pura pasión, garra y con eso creyó que le podía alcanzar. Así, poco a poco se fue alejando de los guantes y del ring. Encontró dinero fácil haciendo de proxeneta, en especial en la zona de la vieja Terminal de Ómnibus, en las 5 Esquinas, donde se lo solía ver realizando el control de la dama. Fue a mediados de los ’80 que comenzó a tener vinculaciones con policías de Investigaciones. Con un comisario del grupo se hizo muy amigo, de vez en cuando le aportaba alguna información de la noche que le pudiera servir y hasta estuvo a punto de aceptar la propuesta de que se incorporara a la Policía, para de esa manera alejarse de la droga y tener un ingreso fijo. Pero finalmente no accedió. Sabía muy bien que iba a romper un código muy importante en el barrio, con quienes se crió en la vida. Entre los amigos de siempre, no era bueno transformarse en cana. Iba a tener demasiado costo en su vida. Y no estaba dispuesto a bancárselo.

Cuando se alejó del boxeo -a mediados de los ’90- hizo de guardaespaldas de algunos personajes de la noche, a quienes solía acompañar a garitos clandestinos de algunos clubes de fútbol de Paraná o bien al propio casino del Mayorazgo. Mancuello andaba siempre armado en esos tiempos. Las cosas ya no se resolvían a las piñas, sino a los tiros.

*****

“No tengo nada que ver; lo juro. Nada que ver. No sé de qué me están hablando; no lo conozco a Sterz y nunca me enteré que en mi campo se haya producido cocaína. Es todo una locura”, repetía Tito Bioletti, una y otra vez entre los casi 100 amigos que fueron llegando de a uno hasta la Unidad Penal número 1 de Paraná, a visitarlo, durante esos primeros siete meses de prisión, que fueron parte del calvario inicial del conocido empresario. Algunos hasta fueron autorizados para ir fuera de los días miércoles o domingos, en que está establecido un horario de visitas fijo desde hace muchos años.

Muchos de ellos hasta se encargaron de hacer una manifestación en la misma puerta del Juzgado Federal de Paraná, portando carteles prolijamente escritos con una misma letra a mano, en rechazo a la decisión de la justicia.

Bioletti no fue a una celda común, sino a un pabellón relativamente nuevo, creado durante la última administración de Jorge Busti, cuando Sergio Urribarri era su ministro de Gobierno y principal hombre de confianza.

Es un lugar para unos 40 reclusos, alojados de a tres en cada celda y destinado a aquellos que tienen una edad superior a los 40 o 50, que nunca estuvieron detenidos y tienen otro tipo de vida. Están alejados de las habituales prácticas carcelarias, de tatuajes que se reiteran y hasta de la música cumbiambera. Son sectores en dos plantas, con un baño colectivo en cada sector, un patio interno y otro externo. Tienen tres camas cuchetas, una ventana al patio principal y no toman contacto con otros presos comunes, que se encuentran en otro sector. Es un sector donde impera la tranquilidad y cada uno cuida su lugar como su propia casa.

Apenas llegó a ese sector, el empresario se dio cuenta de que era un lugar algo mejor que el resto de la Unidad Penal, pero que se le podían hacer algunas cosas para que estuviera más acondicionado. Por eso fue que habló con otros presos y no dudó un instante en aportar dinero para pintarlo, comprar una heladera y televisores. Hay quienes recuerdan que la tarea hasta la habría coordinado Cristian Larrosa, hermano de Pablo y Jaimito y siempre vinculado al negocio del narcotráfico. Cristian se dedica también a trabajar en la construcción.

Lo primero que tuvieron en cuenta los carceleros fue tenerlo alejado tanto de José Roberto Sterz y de su cuidador del campo, Ramón Palavecino. Por eso lo derivaron allí. Fue un pedido especial de su abogado, el penalista Julio Federik. Uno de ellos era Miguel Capobianco, ex dirigente de Patronato y condenado a reclusión perpetua como autor intelectual por el crimen de Dalma Otero. Estuvo no más de un año en ese sector con el ex esposo de la funcionaria tribunalicia -a quien conocía de otros tiempos-, porque luego Capobianco comenzó a salir diariamente y al regresar dormía en otro lugar. También se ubicaba allí Marcelo Sánchez, sentenciado por el crimen de su mujer, quien hacía 12 años estaba preso en la UP1.

A los pocos días que dejó la cárcel Bioletti –el 12 de marzo de 2012- llegaron tres presos con pedido de extradición de España. Uno de ellos fue a parar al Pabellón 9.

–¡Ustedes se hubieran hecho reamigos de Tito Bioletti!! –les dijo algo eufórico Capobianco, apenas tomó contacto con ellos y por las características de los tres.

Se trata de Roberto Alfredo Cicchitti (fotógrafo) y Jorge Ramón Villarreal (diseñador gráfico). Son dos paranaenses que integraban una red internacional de delitos económicos en España, quienes participaron en un plan delictivo de una banda colombiana, implicada en el tráfico de 550 kilogramos de cocaína, en un hecho de 2003 y se fueron de España antes de ser juzgados. El otro en cuestión es Jorge Fabro (agricultor jubilado), nacido en Concordia en 1944, pero residente también en la capital entrerriana.

Cicchitti es considerado uno de los mejores falsificadores de documentación en América y buena parte de Europa, según los más entendidos. Cuando era joven y aún estaba en Paraná, los técnicos de American Express lo consultaban por sus conocimientos para ver qué falencias de seguridad podían tener las tarjetas de crédito, antes de ser puestas en el mercado.

Era hijo de Domingo José Osvaldo Cicchitti, quien supo tener el negocio Rastrojeros Todo, en avenida Almafuerte y fue lugarteniente del ex director del matutino El Diario, Arturo J. Etchevehere, desde principios de la década del ‘60. “Era el que le hacía los trabajos sucios a don Arturo”, recuerdan algunos memoriosos del periódico. Por eso incluso, Cicchitti habría estado preso en la cárcel de Devoto, aunque nadie se enteró en la capital entrerriana, porque tenía la cobertura del mandamás de los Etchevehere. Su hermano, Nicolás Cicchitti, fue reportero gráfico del El Diario, en Paraná, hasta que se mató en plena cobertura de una marcha de la CGT, en 1970, cuando se cayó de cabeza desde el techo donde estaba ubicado para hacer la cobertura fotográfica.

Roberto Cicchitti fue detenido en Madrid el 23 de junio de 2004 y excarcelado en el 2008. Viajó a Barcelona y desde allí viajó a la Argentina, donde fue nuevamente detenido. Fabro también fue excarcelado por la justicia española y le fue otorgado el permiso de viajar, debiendo someterse a reglas de conducta en los consulados de Rosario, Santa Fe y Paraná.

Ambos, junto a Jorge Villarreal, tienen pedido de extradición desde España, dispuesto por la sección de la Audiencia Nacional del reino de España, a cargo del doctor Fernando Bermúdez De la Fuente, con origen en el sumario 26/04 del Juzgado Central de Instrucción número 3, a cargo de la doctora María Teresa Criado. En los exhortos se menciona que los tres fueron solicitados a la Argentina por los delitos “contra la salud pública (tráfico de Estupefacientes), delito continuado de falsedad documental y un delito de tenencia de útiles para falsificar documentos”.

Cicchitti, Villarreal y Fabro fueron detenidos en Paraná el 8 de enero de 2013. Villarreal quedó en libertad el 6 de junio, aunque su proceso sigue su curso.

Cicchitti revolucionó la cárcel de Paraná a partir de su ingreso. Evidentemente, sigue moviendo mucho dinero por sus andanzas y quienes lo conocen no dudan en señalar que “la organización nunca lo abandonó”. Cicchitti tiene dinero en cuentas en el exterior y sus amigos pagan sus abogados y esperan pacientes que recupere la libertad.

Pagando de su bolsillo a varios reclusos expertos en construcción (les abonaba 150 pesos por día), hizo reformar el pabellón donde se encuentra alojado y lo dejó en perfectas condiciones para poder estar más cómodo. A su mujer, de origen colombiano, le compró una coqueta vivienda en calle Santiago del Estero, donde ella reside junto a otros familiares del mismo país y desde la cárcel fue controlando palmo a palmo la serie de importantes modificaciones que le fueron haciendo a la residencia.

*****

En el barrio hay quienes lo odian por su violencia y por sus manejos con los pibes, en el negocio de la droga. Pero hay quienes también lo aman. En especial las mujeres más humildes que viven entre el Municipal e Hijos de María de Paraná, donde reside mucha gente pobre, que apenas llega a fin de mes y sobreviven con las changas. Esas madres no dudan en ir a golpearle la puerta y decirles que su hija va a cumplir 15 años y que no tienen un peso. Petaco, cada semana y en silencio, tenía que pagarle la fiesta de cumpleaños o comprarle el regalo soñado a aquél pibe cuyos padres nunca pueden juntar la moneda para tener ese gesto. Los más allegados a Barrientos cuentan que siempre tuvo esa conducta, consecuencia quizás de haber visto películas, documentales o algún que otro libro sobre la vida de Pablo Escobar. El líder colombiano del narcotráfico era querido y adorado en muchos barrios de Medellín, donde hizo construir más de doscientas viviendas para ciudadanos que antes vivían en Moravia, el mayor basurero de la ciudad. En esos barrios, el jefe del cartel construyó y entregó a la comunidad más de cincuenta campos de fútbol, pagó la escolarización de niños, costeó de su bolsillo los regalos de Navidad y organizó fiestas para toda la comunidad. Salvando las distancias, algo de esto último hizo Barrientos, además de aportar dinero para el desarrollo de algunos templos religiosos de la zona.

Las cosas cambiaron desde fines de 2012, cuando Gustavo Petaco Barrientos fue llevado preso, acusado de un doble homicidio cometido a Matías Giménez y Maximiliano Godoy. Esa noche del 9 de noviembre estaba nublado y a veces lloviznaba. Matías y Maximiliano habían decidido ver, en el playón de estacionamiento del barrio, si podían solucionar el desperfecto mecánico del auto, que no había forma de ponerlo en marcha. Maximiliano quedó junto al capot y Matías dentro del vehículo, tratando de hacerlo arrancar. Casi ninguno de ellos se percató de la rápida llegada de una moto, con dos ocupantes. Reaccionaron cuando el sentado en la parte posterior sacó una pistola 9 milímetros y efectuó más de 10 disparos, a no más de dos metros de distancia. Maximiliano quedó tendido boca abajo, en medio de un charco de sangre. Matías salió corriendo hasta su vivienda y recibió varios disparos en su espalda y en los glúteos, en ese trayecto de 50 metros.

La moto con los dos individuos se detuvo de golpe y le costó unos segundos hacerla arrancar. Cuando terminó de salir del playón, uno de los vecinos de la zona comenzó a efectuarle disparos desde la puerta de su casa y como respuesta los de la moto le efectuaron otros. Ninguno de los dos se sacó el casco que tenían. El de la parte trasera, el ejecutor de todos los disparos, recién lo hizo varias cuadras después del playón.

La madre de Matías, Liliana Vega, estaba preparando el agua para el mate, vio llegar a su hijo y parte de la escena de la ejecución de los ocupantes de la moto, porque apenas escuchó los tiros fue rápidamente hasta la ventana, que daba al playón.

Matías llegó casi arrastrándose, alcanzó a abrir la puerta y se desplomó.

–¿Qué pasó Matías, quién te hizo esto? ¿quién? –preguntó desesperada la madre, mientras observaba cómo su hijo se iba desangrando.

–Petaco, mamá, fue Petaco…

De golpe, en la pequeña vivienda todo se transformó en un caos. La hija del joven salió de la pieza y gritaba desesperadamente pidiendo por el padre. “Decile que la amo, mamá; que la amo…”, balbuceaba, mientras pedía agua y alcohol. “Me falta el aire”, repetía y le pedía que no le soltara la mano. “No te vayas, mamá; no me dejes”, insistía.

Ignacio Giménez, hermano del herido, llegó rápidamente cuando su madre le avisó del hecho. Estaba a escasas cuadras, en una cancha de Fútbol5. Había escuchado los disparos, pero creía que eran los cohetes que ya por esa fecha estaban empezando a encender algunos vecinos.

Ingresó raudamente a su casa y se encontró con el cuadro, donde todos lloraban desesperadamente y reclamaban sin mucha suerte la ambulancia, que llegó media hora después. El muchacho sabía algo de primeros auxilios. “Tranquilo Mati, tranquilo”, le dijo a su hermano y le tomó de la mano, mientras que su vez le colocó varias toallas en las heridas. “Quedate tranquilo; tenés que pelear por tu hija”, le insistió.

–¿Y Maxi dónde está? –preguntó.

–Está tirado junto al auto, creo que mal, porque fue el que más tiros recibió en la espalda…

Ignacio salió corriendo hasta ese sector del playón y vio que Maximiliano estaba boca abajo y rodeado de gente. Le pidió permiso a un policía que ya estaba allí y el uniformado fue contundente: “No, ya está; ese pibe ya está muerto”. Pero no era así; estaba inconsciente por la sangre que había perdido y antes de desvanecerse le dijo a una de las personas que se acercó: “Decile a mi novia que la amo”.

Ignacio Giménez volvió hasta su casa, al notar la llegada de la ambulancia y le ayudó a los camilleros. Es más: se subió junto a su hermano para acompañarlo hasta el hospital San Martín, ubicado a unas 30 cuadras del barrio. Lo primero que hizo Matías fue preguntarle por el estado de Maxi. “Va a estar bien, cabezón; va a estar bien”, le respondió. “Vos ahora tenés que pelear por vos, por tu hija, por nosotros. No nos podés abandonar”, le acotó luego, tratando de darle aliento.

También le preguntó quién había sido el autor de los disparos. “Fue Petaco”, le dijo, sin dudarlo.

–¿Había alguien más? –insistió.

–Sí, también estaban Freddy y uno de los Berón. Llegaron en la moto Tornado y en un Bora.

Lo último que su hermano escuchó de Matías fue el pedido que le hizo a los enfermeros cuando entró al nosocomio. “Por favor, quiero vivir; tengo una hija muy pequeña que me necesita. No me dejen ir”, decía, con lágrimas en los ojos, mientras a la vez se quejaba que le dolía el estómago.

Giménez, de 31 años, murió a las 2.40 de la madrugada del 10 de noviembre. O sea, cinco horas después de ingresado al hospital. Maximiliano (22), que aparecía como el más grave, falleció el 30 de noviembre, en horas de la tarde. Al parecer, los dos muchachones tenían una vinculación con Petaco en el negocio de la droga y habían sostenido una discusión por dinero adeudado.

Un tiempo antes, Matías había tenido algunos encontronazos con Barrientos y su gente. Primero fue en la tribuna de Patronato, cuando se agarró a las trompadas con cerca de 8 hinchas del Petaco. Lo único que pidió fue que le llevaran la nena a su casa, porque iba a seguir peleando contra ellos. Después fue en un boliche bailable de Paraná, respecto de la novia del muchacho. En realidad, el primer cortocircuito fue con un allegado a Petaco. Pero apenas el jefe vio la situación se acercó y apretó. “Mirá nena, yo soy el jefe de la barra brava del principal equipo de fútbol de Paraná, soy millonario y si quiero te hago desaparecer a vos y a toda tu familia”, le dijo. Matías se asustó cuando vio que en cuestión de segundos, 20 allegados al líder de la barrabrava lo rodearon para apretarlo si era necesario. Pero fue la joven la que se puso firme, pidió permiso y se retiró junto a Giménez.

Barrientos fue detenido en su casa del Barrio Municipal el domingo 11, en horas de la mañana, por orden del juez de Instrucción Héctor Vilarrodona y fue derivado a la Alcaldía de Tribunales. “Yo soy inocente; no tengo nada que ver. Esa noche estaba en mi casa, con mi mujer, atendiendo la despensa y todos los vecinos me vieron”, repetía Petaco, quien no sólo no ocultaba su bronca por la detención, sino también porque esa tarde, el primer equipo de Patronato recibía a Nueva Chicago por el torneo del Nacional B y no iba a poder estar en la cancha, en su rol de jefe de laBarra Fuerte del equipo paranaense.

Volvió a la cárcel, igual que en el 2008, cuando lo capturaron tres años después del intento de robo al local de Red Megatone, en avenida Almafuerte, donde terminó tiroteándose con dos policías, cuando comenzaron a perseguirlo. A poco de fugarse se escondió en el conurbano bonaerense y se metió en el negocio del fútbol. Aunque sin mostrarse demasiado, estuvo cerca de varios jugadores e incluso logró cierta amistad con la familia de Enrique Bochini, recordada gloria de Independiente. A poco de ser capturado, la Sala Segunda de la Cámara del Crimen de Paraná lo condenó a 7 años de prisión. Al tiempo, cuando empezó a tener salida sociofamiliar, fue baleado en la puerta de su casa y tuvo que ser internado de urgencia en un sanatorio de Paraná, donde permaneció grave por varios días.

*****

Nunca en la vida atravesó un momento igual. Sabía que estaba jugado con su decisión, pero una cosa era que se la contaran y otra muy diferente vivirlo en carne propia. No habían existido inconvenientes en la larga ruta desde Misiones, pasando por Corrientes y algunas localidades de Entre Ríos. El viaje había sido absolutamente normal, sin contratiempos. Ni siquiera cuando fue a Paraná y cambió el vehículo. Sabía perfectamente que ese hombre que le cedió el auto hace tiempo está controlado por la Policía, pero no le dio demasiada importancia. Al fin de cuentas, iba a quedar como un vecino más que llegaba hasta la casa del narco paranaense y se iría silbando bajito en uno de sus tantos automóviles. Incluso, cuando pasó por el puesto policial del Túnel Subfluvial, los agentes de turno lo saludaron apenas levantando la mano. Lo reconocieron como alguien cercano a la Gobernación y se sabe que los muchachos siempre tienen pase libre por esos lugares de control para el resto de los humanos. Podía haber ido por Victoria, pero entendió que seguramente iba a haber gente de Gendarmería Nacional en la ruta hacia Rosario y estaba más flojo de controles la autopista.

La tarde se estaba cerrando ese 13 de mayo de 2014. Estaba algo cansado por la extensión del viaje, pero sabía que tenía que llegar sí o sí a Rosario, para cumplir con la misión asignada. Ahí terminaba su periplo y se desocupaba, para retornar a Paraná. Al día siguiente debía volver al trabajo en Casa de Gobierno; no había margen para pedir otra jornada de licencia o que alguno de sus compañeros le hiciera la gauchada.

No entendía muy bien qué estaba pasando cuando a lo lejos comenzó a divisar algunas luces policiales, al costado de la autopista. “No debe ser para nosotros”, pensó en su interior. Le habían dado todas las garantías habidas y por haber y jamás le fallaron. Ni sus jefes, ni los aliados cercanos al gobierno, que también participaban del negocio bajo absoluta reserva. No era la primera vez que hacía un traslado parecido y venía viajando tranquilo.

Cuando se encontró con cerca de 100 integrantes de la Policía Federal, secundados por personal de Gendarmería, se dio cuenta que esa escena era lo más parecido a un pozo sin salida. En milésimas de segundos pensó en sus padres, en sus hermanos, en sus pequeños hijos. Hasta llegó a derramar algunas lágrimas de impotencia y consideró que todo estaba acabado. Ya nada sería como antes. Y quizás algo de razón tenía. Miró para los costados, para atrás y entendió que estaba solo. Que no tenía demasiado margen para decir que había sido el chofer oficial del gobernador Sergio Urribarri o del Ministerio de Salud de la provincia. Que era amigo de tal o de cual en la Casa de Gobierno de Entre Ríos. Atinó a agarrar el teléfono celular para hacer un llamado de urgencia, pero interpretó que ya era tarde. “Voy a comprometer a más gente”, pensó. Y no se animó a hacer movimiento alguno. Además, veía cada vez más cerca a ese policía de gorra, que le hacía una firme señal para detener el vehículo, rodeado de otros hombres con armas largas.

Ya era de noche. Únicamente se veía a los uniformados, con luces incandescentes y los brillos de las sirenas policiales que no paraban nunca de girar sobre los patrulleros.

No dudó en abrir la ventanilla del vehículo cuando lo interceptaron. Le explicaron que era un operativo de la División Narcotráfico y debían requisar el automóvil en el que se conducía (…).

Marcelo Alejandro Acosta era uno de los choferes de confianza de Sergio Urribarri. Había ingresado en el 2005 al Ministerio de Salud y Acción Social que conducía Angel Giano, en la última administración de Jorge Busti y fue derivado al Depósito Concentrador de Mercaderías, dependiente de tal organismo provincial. Su desembarco fue poco tiempo antes de la quema, en junio de ese año, de una gran cantidad de módulos alimentarios destinados a planes sociales adquiridos por un valor de más de $ 6 millones y que provocaron la renuncia de la ministro Graciela Degani. El Tribunal de Cuentas de Entre Ríos pudo determinar, cinco años después, que tales hechos provocaron un perjuicio al Estado provincial de 2.485.984,73 pesos. No obstante, en el 2008 la Justicia entendió que no hubo responsabilidad penal por los hechos y sobreseyó a los responsables. Sin embargo, el organismo no pudo determinar el volumen de la mercadería que se incineró, por cuanto buena parte de la documentación no fue hallada. Acosta y su amigo Diego Leonardo Martínez –más conocido como Román Riquelme, por su parecido físico con el ex jugador de Boca Juniors- empezaron allí su carrera en la administración pública.

En realidad, quien más peleó por hacerlo ingresar fue Ricardo Remedi, ex director de Servicios Generales en varias gestiones del justicialismo, a partir de la llegada de Busti, en 1987. Acosta siempre vivió a no más de 30 metros de la vivienda histórica de Remedi, en calle Catamarca y durante un largo tiempo trató de convencerlo al experimentado funcionario para que lo hiciera ingresar. Remedi falleció el 14 de noviembre de 2009, de un paro cardíaco fulminante y nunca se enteró del destino final de Acosta.

Acosta y Martínez siempre fueron buenos jugadores de fútbol y por ello eran siempre invitados a los picados oficiales, con funcionarios, empleados y a veces ministros y el propio gobernador. Cuando se pelearon con Remedi, ambos acudieron a Información Pública para ser incorporados a tal área. El entonces director, Pedro Báez, fue algo reacio a incorporarlos. En particular, porque se enteró que habían sido los mano derecha de Hugo Musto, quien segundaba a la ministro Degani cuando se quemaron los alimentos. Pero sus empleados insistieron en que era importante que los sumaran y accedió al pedido. Ambos empezaron en un rol de cadetes o todo terreno. Por el decreto 3518 del 20 de junio de 2008 Acosta pasó adscripto a la Dirección de Información Pública de la provincia y dos años después se transformó en chofer, en el ámbito de la Secretaría Privada del gobernador Urribarri.

En el medio, tuvieron un cortocircuito con Báez producto de algunas discusiones y lo conocieron a Sergio Cornejo en el 2009, quien ya era el asistente preferido de Urribarri. Pasó a la Gobernación por el decreto 3414 del 14 de septiembre de 2010, firmado por el propio mandatario y el ministro de Gobierno, Adán Bahl. Acosta se transformó, en realidad, en el esclavo de Cornejo. Este lo obligaba a llevar a sus hijos a la escuela, hacerle las compras o trasladar a algún familiar a Santa Fe si era necesario, siempre en el auto oficial. Incluso, cuando Cornejo se iba de vacaciones de verano, Acosta le cuidaba la casa quinta, en proximidades de la planta de Obras Sanitarias, que con el tiempo se transformó en lo más parecido a una mansión, después de una fuerte inversión de dinero que habría que ver si puede justificar. Claro que su mujer, Claudia Krenz, es quien maneja los fondos de la Cámara de Diputados de la provincia, liderada por el ostentoso y denunciado José Angel Allende (PJ-Nogoyá). El matrimonio Cornejo, que a principios de 2003 vendía camperas truchas de cuero en pasillos de Casa de Gobierno, traídas desde la frontera de Jujuy con Bolivia, hoy tienen un muy buen pasar económico.

Acosta se empezó a cansar de las exigencias de Cornejo, quien lo hacía trabajar de lunes a lunes. Era tal el nivel de demandas del secretario que Acosta comenzó a tomar anfetaminas. “No se podía dormir de noche. Se quedaba jugando con la computadora, porque siempre estaba pasado de rosca”, comentó un amigo. Había veces que llegaba de Buenos Aires a eso de las 4 de la madrugada, después de una intensa actividad oficial y Cornejo lo obligaba a estar a las 6.50 en su casa para buscar a sus hijos. Cuando Acosta tuvo llegadas tarde, Cornejo y su mujer optaron por hacerle la vida imposible y echarlo sin más contemplaciones de la Gobernación.

Por eso fue que el 7 de abril de 2014 apareció el decreto 802 de la Gobernación, también firmado por Urribarri y Bahl, por el cual se lo reintegraba al Ministerio de Desarrollo Social al mencionado Acosta. Pero en realidad nunca se reincorporó a tal sector. Acosta tenía un sueldo de unos 12.000 pesos mensuales y de repente se quedó con menos de la mitad, porque los embargos judiciales lo ahogaban mes a mes. Estuvo a punto de desembarcar en el Ministerio de Trabajo, porque un amigo de él habló con su titular, Guillermo Smaldone (actual presidente del Tribunal de Cuentas) y éste había dado el aval. Incluso, le iba a pagar un plus importante por horario vespertino. Pero ello nunca ocurrió. Acosta desapareció por varios días y dejó un tendal de amigos, a los que le pidió plata prestada, para paliar su afligente situación económica. Todos se enteraron de su paradero cuando apareció en la tapa de la revista Análisis, preso por narcotraficante y tras cobrar no más de 20 mil pesos de la organización narco, por el trabajito de traslado de la cocaína. Buena parte de ese dinero fue derivado luego a una abogada de Coronda que se contrató.

“Nadie habla de esto. Es una orden a rajatablas”, se ordenó en la Gobernación, cuando apenas unos pocos se enteraron de la detención del chofer Acosta. La directiva la manejó Sergio Cornejo, en medio de las caras largas de varios empleados amigos, que sabían que Acosta era lo más parecido a un siervo con el asistente personal del gobernador. Nadie olvidaba que Acosta hasta le organizaba tours de pesca de fines de semana en lugares del río Paraná y comidas típicas junto con buen vino, al asistente, para que pudiera descansar y distraerse después de tanto ajetreo con el gobernador.

Esta vez lo sorprendió. Y cuando lo vio se dio cuenta de que no era una pelea más. En milésimas de segundo subió la guardia, cuando notó la aparición repentina de ese joven, como tratando de cubrir su rostro, pero no le alcanzó. Los proyectiles de la escopeta recortada de doble caño le destruyeron la cabeza, sus dedos y una de sus manos. Su contrincante no quedó conforme. Y como si fuera una escena de pugilato, también le asestó un disparo al estómago, que ya no era necesario. La única distracción había sido bajar la mirada para encender el cigarrillo, a poco de apagar el motor del automóvil y abrir la puerta para bajar.

La escena era de una película de terror. Ni siquiera vista alguna vez en la pelea más sanguinaria. Ese ex boxeador que supo ser un importante proyecto, un joven con futuro que nunca pudo llegar, quedó desparramado en el asiento de su Ford Falcon, con los brazos extendidos, derrotado y parte de su cabeza colgando, con pérdida de masa encefálica.

En el barrio 74 Viviendas-UPCN había cierto silencio a esa hora de la mañana. Pero ese silencio veraniego se profundizó tras los disparos. Fue como si se hubiera paralizado por algunos instantes el reloj. Únicamente fue quebrado por los gritos desesperados de su mujer y algún que otro familiar, tratando de contenerla, para que no fuera a observar lo que había quedado de Ricardo Oscar Mancuello, cuando salieron alertados por los disparos.

Los pocos vecinos que estaban en sus puertas, mate en mano, quedaron azorados. No entendían muy bien ese set de película del hampa, en la que un don nadie apareció de la nada y le voló la cabeza a ese histórico boxeador. La imagen era muy fuerte y hasta tenebrosa. Todos se quedaron mirando azorados al ex púgil, bañado en sangre y casi con las tripas colgando en medio de su colorida remera. Casi nadie se percató de cómo ese muchacho de mameluco municipal que estaba barriendo sigiloso la calle, junto a un supuesto compañero de trabajo -justo en un día que había medidas de fuerza de parte de los empleados de la comuna-, sacó la recortada desde el tacho y lo asesinó. El joven tenía no más de 20 años, salió corriendo del lugar y desapareció con otra persona, en una moto que lo esperaba a escasos metros del hecho.

Eran no más de las 9 de ese miércoles 3 de enero y ya hacía calor en Paraná. Mancuello, como cada día, había salido a las 8.30 de la Unidad Penal, para iniciar una nueva jornada en su etapa de reinserción laboral, después de los 7 años de condena que le había impuesto la Justicia Federal por haber sido parte de un plan de transporte de siete kilos de cocaína, que fue lo que hallaron los policías en el domicilio de su mujer, el 18 de diciembre de 2002. La condena también la comprendió a ella, como así también a una tercera persona oriunda de Bolivia. El abogado José Raiteri, históricamente ligado a los gremios de Paraná más cercanos a la ortodoxia peronista, fue quien defendió a Mancuello. Marcos Rodríguez Allende -un letrado que hace años trabaja como defensor de narcotraficantes de la capital entrerriana-, a Rodas, la mujer implicada, a quien solamente condenaron a 3 años y por ende quedó en libertad. Mancuello bufó con la condena, pero optó por no reclamar nada. Su abogado le garantizó que iba a comenzar a salir en poco tiempo, para tareas sociolaborales.

Era la primera sentencia sobre sus espaldas, después de una historia dura, de mucha violencia, noche, prostitutas, juego clandestino, alcohol y también droga. Mancuello había sido uno de los mejores boxeadores de Paraná, que incluso estuvo a punto de llegar a las Olimpíadas en 1977, en plena dictadura, pero finalmente no se le dio. En realidad era muy joven por esos días y en Buenos Aires le bajaron el pulgar. Nadie lo conocía y no tenía padrinos en el gobierno entrerriano que creía manejar el brigadier Rubén Di Bello, cuando en realidad, el único jefe era el general Juan Carlos Ricardo Trimarco.

Mancuello había empezado un tiempo antes, junto a Luciano Amatti, en un gimnasio que el conocido formador de púgiles tenía en Avenida de las Américas. Ese joven inquieto y guapo llegó un día, se puso los guantes y empezó en la categoría Livianos. Provenía de una familia muy humilde del barrio Villa Mabel, donde la pobreza y la sobrevivencia en medio de hechos de violencia, con demasiadas muertes de jóvenes y no tan pibes, golpea cada día.

Tenía un estilo muy particular: era buen boxeador, pero también era peleador callejero. Se subía al ring y su contrincante tenía que saber que iba a terminar mal. Mancuello era sanguinario; no se detenía. Pegaba y pegaba hasta dejar maltrecho a su rival; lastimado, pidiendo piedad ante los golpes, las heridas y la sangre. Todos sabían que era un boxeador que podía llegar lejos. Y en la calle se lo decían y muchos apostaban a él. Como la gente de la casa de ropas Ñaró, que durante años lo vistió con sus camisas.

Pero no lo pudo lograr porque le ganó su adicción a la noche, a la que le destinaba más tiempo que a la jornada de día, donde debía entrenar, comer y descansar. No hacía casi nada de lo que le exigían. Era pura pasión, garra y con eso creyó que le podía alcanzar. Así, poco a poco se fue alejando de los guantes y del ring. Encontró dinero fácil haciendo de proxeneta, en especial en la zona de la vieja Terminal de Ómnibus, en las 5 Esquinas, donde se lo solía ver realizando el control de la dama. Fue a mediados de los ’80 que comenzó a tener vinculaciones con policías de Investigaciones. Con un comisario del grupo se hizo muy amigo, de vez en cuando le aportaba alguna información de la noche que le pudiera servir y hasta estuvo a punto de aceptar la propuesta de que se incorporara a la Policía, para de esa manera alejarse de la droga y tener un ingreso fijo. Pero finalmente no accedió. Sabía muy bien que iba a romper un código muy importante en el barrio, con quienes se crió en la vida. Entre los amigos de siempre, no era bueno transformarse en cana. Iba a tener demasiado costo en su vida. Y no estaba dispuesto a bancárselo.

Cuando se alejó del boxeo -a mediados de los ’90- hizo de guardaespaldas de algunos personajes de la noche, a quienes solía acompañar a garitos clandestinos de algunos clubes de fútbol de Paraná o bien al propio casino del Mayorazgo. Mancuello andaba siempre armado en esos tiempos. Las cosas ya no se resolvían a las piñas, sino a los tiros.

*****

“No tengo nada que ver; lo juro. Nada que ver. No sé de qué me están hablando; no lo conozco a Sterz y nunca me enteré que en mi campo se haya producido cocaína. Es todo una locura”, repetía Tito Bioletti, una y otra vez entre los casi 100 amigos que fueron llegando de a uno hasta la Unidad Penal número 1 de Paraná, a visitarlo, durante esos primeros siete meses de prisión, que fueron parte del calvario inicial del conocido empresario. Algunos hasta fueron autorizados para ir fuera de los días miércoles o domingos, en que está establecido un horario de visitas fijo desde hace muchos años.

Muchos de ellos hasta se encargaron de hacer una manifestación en la misma puerta del Juzgado Federal de Paraná, portando carteles prolijamente escritos con una misma letra a mano, en rechazo a la decisión de la justicia.

Bioletti no fue a una celda común, sino a un pabellón relativamente nuevo, creado durante la última administración de Jorge Busti, cuando Sergio Urribarri era su ministro de Gobierno y principal hombre de confianza.

Es un lugar para unos 40 reclusos, alojados de a tres en cada celda y destinado a aquellos que tienen una edad superior a los 40 o 50, que nunca estuvieron detenidos y tienen otro tipo de vida. Están alejados de las habituales prácticas carcelarias, de tatuajes que se reiteran y hasta de la música cumbiambera. Son sectores en dos plantas, con un baño colectivo en cada sector, un patio interno y otro externo. Tienen tres camas cuchetas, una ventana al patio principal y no toman contacto con otros presos comunes, que se encuentran en otro sector. Es un sector donde impera la tranquilidad y cada uno cuida su lugar como su propia casa.

Apenas llegó a ese sector, el empresario se dio cuenta de que era un lugar algo mejor que el resto de la Unidad Penal, pero que se le podían hacer algunas cosas para que estuviera más acondicionado. Por eso fue que habló con otros presos y no dudó un instante en aportar dinero para pintarlo, comprar una heladera y televisores. Hay quienes recuerdan que la tarea hasta la habría coordinado Cristian Larrosa, hermano de Pablo y Jaimito y siempre vinculado al negocio del narcotráfico. Cristian se dedica también a trabajar en la construcción.

Lo primero que tuvieron en cuenta los carceleros fue tenerlo alejado tanto de José Roberto Sterz y de su cuidador del campo, Ramón Palavecino. Por eso lo derivaron allí. Fue un pedido especial de su abogado, el penalista Julio Federik. Uno de ellos era Miguel Capobianco, ex dirigente de Patronato y condenado a reclusión perpetua como autor intelectual por el crimen de Dalma Otero. Estuvo no más de un año en ese sector con el ex esposo de la funcionaria tribunalicia -a quien conocía de otros tiempos-, porque luego Capobianco comenzó a salir diariamente y al regresar dormía en otro lugar. También se ubicaba allí Marcelo Sánchez, sentenciado por el crimen de su mujer, quien hacía 12 años estaba preso en la UP1.

A los pocos días que dejó la cárcel Bioletti –el 12 de marzo de 2012- llegaron tres presos con pedido de extradición de España. Uno de ellos fue a parar al Pabellón 9.

–¡Ustedes se hubieran hecho reamigos de Tito Bioletti!! –les dijo algo eufórico Capobianco, apenas tomó contacto con ellos y por las características de los tres.

Se trata de Roberto Alfredo Cicchitti (fotógrafo) y Jorge Ramón Villarreal (diseñador gráfico). Son dos paranaenses que integraban una red internacional de delitos económicos en España, quienes participaron en un plan delictivo de una banda colombiana, implicada en el tráfico de 550 kilogramos de cocaína, en un hecho de 2003 y se fueron de España antes de ser juzgados. El otro en cuestión es Jorge Fabro (agricultor jubilado), nacido en Concordia en 1944, pero residente también en la capital entrerriana.

Cicchitti es considerado uno de los mejores falsificadores de documentación en América y buena parte de Europa, según los más entendidos. Cuando era joven y aún estaba en Paraná, los técnicos de American Express lo consultaban por sus conocimientos para ver qué falencias de seguridad podían tener las tarjetas de crédito, antes de ser puestas en el mercado.

Era hijo de Domingo José Osvaldo Cicchitti, quien supo tener el negocio Rastrojeros Todo, en avenida Almafuerte y fue lugarteniente del ex director del matutino El Diario, Arturo J. Etchevehere, desde principios de la década del ‘60. “Era el que le hacía los trabajos sucios a don Arturo”, recuerdan algunos memoriosos del periódico. Por eso incluso, Cicchitti habría estado preso en la cárcel de Devoto, aunque nadie se enteró en la capital entrerriana, porque tenía la cobertura del mandamás de los Etchevehere. Su hermano, Nicolás Cicchitti, fue reportero gráfico del El Diario, en Paraná, hasta que se mató en plena cobertura de una marcha de la CGT, en 1970, cuando se cayó de cabeza desde el techo donde estaba ubicado para hacer la cobertura fotográfica.

Roberto Cicchitti fue detenido en Madrid el 23 de junio de 2004 y excarcelado en el 2008. Viajó a Barcelona y desde allí viajó a la Argentina, donde fue nuevamente detenido. Fabro también fue excarcelado por la justicia española y le fue otorgado el permiso de viajar, debiendo someterse a reglas de conducta en los consulados de Rosario, Santa Fe y Paraná.

Ambos, junto a Jorge Villarreal, tienen pedido de extradición desde España, dispuesto por la sección de la Audiencia Nacional del reino de España, a cargo del doctor Fernando Bermúdez De la Fuente, con origen en el sumario 26/04 del Juzgado Central de Instrucción número 3, a cargo de la doctora María Teresa Criado. En los exhortos se menciona que los tres fueron solicitados a la Argentina por los delitos “contra la salud pública (tráfico de Estupefacientes), delito continuado de falsedad documental y un delito de tenencia de útiles para falsificar documentos”.

Cicchitti, Villarreal y Fabro fueron detenidos en Paraná el 8 de enero de 2013. Villarreal quedó en libertad el 6 de junio, aunque su proceso sigue su curso.

Cicchitti revolucionó la cárcel de Paraná a partir de su ingreso. Evidentemente, sigue moviendo mucho dinero por sus andanzas y quienes lo conocen no dudan en señalar que “la organización nunca lo abandonó”. Cicchitti tiene dinero en cuentas en el exterior y sus amigos pagan sus abogados y esperan pacientes que recupere la libertad.

Pagando de su bolsillo a varios reclusos expertos en construcción (les abonaba 150 pesos por día), hizo reformar el pabellón donde se encuentra alojado y lo dejó en perfectas condiciones para poder estar más cómodo. A su mujer, de origen colombiano, le compró una coqueta vivienda en calle Santiago del Estero, donde ella reside junto a otros familiares del mismo país y desde la cárcel fue controlando palmo a palmo la serie de importantes modificaciones que le fueron haciendo a la residencia.

*****

En el barrio hay quienes lo odian por su violencia y por sus manejos con los pibes, en el negocio de la droga. Pero hay quienes también lo aman. En especial las mujeres más humildes que viven entre el Municipal e Hijos de María de Paraná, donde reside mucha gente pobre, que apenas llega a fin de mes y sobreviven con las changas. Esas madres no dudan en ir a golpearle la puerta y decirles que su hija va a cumplir 15 años y que no tienen un peso. Petaco, cada semana y en silencio, tenía que pagarle la fiesta de cumpleaños o comprarle el regalo soñado a aquél pibe cuyos padres nunca pueden juntar la moneda para tener ese gesto. Los más allegados a Barrientos cuentan que siempre tuvo esa conducta, consecuencia quizás de haber visto películas, documentales o algún que otro libro sobre la vida de Pablo Escobar. El líder colombiano del narcotráfico era querido y adorado en muchos barrios de Medellín, donde hizo construir más de doscientas viviendas para ciudadanos que antes vivían en Moravia, el mayor basurero de la ciudad. En esos barrios, el jefe del cartel construyó y entregó a la comunidad más de cincuenta campos de fútbol, pagó la escolarización de niños, costeó de su bolsillo los regalos de Navidad y organizó fiestas para toda la comunidad. Salvando las distancias, algo de esto último hizo Barrientos, además de aportar dinero para el desarrollo de algunos templos religiosos de la zona.

Las cosas cambiaron desde fines de 2012, cuando Gustavo Petaco Barrientos fue llevado preso, acusado de un doble homicidio cometido a Matías Giménez y Maximiliano Godoy. Esa noche del 9 de noviembre estaba nublado y a veces lloviznaba. Matías y Maximiliano habían decidido ver, en el playón de estacionamiento del barrio, si podían solucionar el desperfecto mecánico del auto, que no había forma de ponerlo en marcha. Maximiliano quedó junto al capot y Matías dentro del vehículo, tratando de hacerlo arrancar. Casi ninguno de ellos se percató de la rápida llegada de una moto, con dos ocupantes. Reaccionaron cuando el sentado en la parte posterior sacó una pistola 9 milímetros y efectuó más de 10 disparos, a no más de dos metros de distancia. Maximiliano quedó tendido boca abajo, en medio de un charco de sangre. Matías salió corriendo hasta su vivienda y recibió varios disparos en su espalda y en los glúteos, en ese trayecto de 50 metros.

La moto con los dos individuos se detuvo de golpe y le costó unos segundos hacerla arrancar. Cuando terminó de salir del playón, uno de los vecinos de la zona comenzó a efectuarle disparos desde la puerta de su casa y como respuesta los de la moto le efectuaron otros. Ninguno de los dos se sacó el casco que tenían. El de la parte trasera, el ejecutor de todos los disparos, recién lo hizo varias cuadras después del playón.

La madre de Matías, Liliana Vega, estaba preparando el agua para el mate, vio llegar a su hijo y parte de la escena de la ejecución de los ocupantes de la moto, porque apenas escuchó los tiros fue rápidamente hasta la ventana, que daba al playón.

Matías llegó casi arrastrándose, alcanzó a abrir la puerta y se desplomó.

–¿Qué pasó Matías, quién te hizo esto? ¿quién? –preguntó desesperada la madre, mientras observaba cómo su hijo se iba desangrando.

–Petaco, mamá, fue Petaco…

De golpe, en la pequeña vivienda todo se transformó en un caos. La hija del joven salió de la pieza y gritaba desesperadamente pidiendo por el padre. “Decile que la amo, mamá; que la amo…”, balbuceaba, mientras pedía agua y alcohol. “Me falta el aire”, repetía y le pedía que no le soltara la mano. “No te vayas, mamá; no me dejes”, insistía.

Ignacio Giménez, hermano del herido, llegó rápidamente cuando su madre le avisó del hecho. Estaba a escasas cuadras, en una cancha de Fútbol5. Había escuchado los disparos, pero creía que eran los cohetes que ya por esa fecha estaban empezando a encender algunos vecinos.

Ingresó raudamente a su casa y se encontró con el cuadro, donde todos lloraban desesperadamente y reclamaban sin mucha suerte la ambulancia, que llegó media hora después. El muchacho sabía algo de primeros auxilios. “Tranquilo Mati, tranquilo”, le dijo a su hermano y le tomó de la mano, mientras que su vez le colocó varias toallas en las heridas. “Quedate tranquilo; tenés que pelear por tu hija”, le insistió.

–¿Y Maxi dónde está? –preguntó.

–Está tirado junto al auto, creo que mal, porque fue el que más tiros recibió en la espalda…

Ignacio salió corriendo hasta ese sector del playón y vio que Maximiliano estaba boca abajo y rodeado de gente. Le pidió permiso a un policía que ya estaba allí y el uniformado fue contundente: “No, ya está; ese pibe ya está muerto”. Pero no era así; estaba inconsciente por la sangre que había perdido y antes de desvanecerse le dijo a una de las personas que se acercó: “Decile a mi novia que la amo”.

Ignacio Giménez volvió hasta su casa, al notar la llegada de la ambulancia y le ayudó a los camilleros. Es más: se subió junto a su hermano para acompañarlo hasta el hospital San Martín, ubicado a unas 30 cuadras del barrio. Lo primero que hizo Matías fue preguntarle por el estado de Maxi. “Va a estar bien, cabezón; va a estar bien”, le respondió. “Vos ahora tenés que pelear por vos, por tu hija, por nosotros. No nos podés abandonar”, le acotó luego, tratando de darle aliento.

También le preguntó quién había sido el autor de los disparos. “Fue Petaco”, le dijo, sin dudarlo.

–¿Había alguien más? –insistió.

–Sí, también estaban Freddy y uno de los Berón. Llegaron en la moto Tornado y en un Bora.

Lo último que su hermano escuchó de Matías fue el pedido que le hizo a los enfermeros cuando entró al nosocomio. “Por favor, quiero vivir; tengo una hija muy pequeña que me necesita. No me dejen ir”, decía, con lágrimas en los ojos, mientras a la vez se quejaba que le dolía el estómago.

Giménez, de 31 años, murió a las 2.40 de la madrugada del 10 de noviembre. O sea, cinco horas después de ingresado al hospital. Maximiliano (22), que aparecía como el más grave, falleció el 30 de noviembre, en horas de la tarde. Al parecer, los dos muchachones tenían una vinculación con Petaco en el negocio de la droga y habían sostenido una discusión por dinero adeudado.

Un tiempo antes, Matías había tenido algunos encontronazos con Barrientos y su gente. Primero fue en la tribuna de Patronato, cuando se agarró a las trompadas con cerca de 8 hinchas del Petaco. Lo único que pidió fue que le llevaran la nena a su casa, porque iba a seguir peleando contra ellos. Después fue en un boliche bailable de Paraná, respecto de la novia del muchacho. En realidad, el primer cortocircuito fue con un allegado a Petaco. Pero apenas el jefe vio la situación se acercó y apretó. “Mirá nena, yo soy el jefe de la barra brava del principal equipo de fútbol de Paraná, soy millonario y si quiero te hago desaparecer a vos y a toda tu familia”, le dijo. Matías se asustó cuando vio que en cuestión de segundos, 20 allegados al líder de la barrabrava lo rodearon para apretarlo si era necesario. Pero fue la joven la que se puso firme, pidió permiso y se retiró junto a Giménez.

Barrientos fue detenido en su casa del Barrio Municipal el domingo 11, en horas de la mañana, por orden del juez de Instrucción Héctor Vilarrodona y fue derivado a la Alcaldía de Tribunales. “Yo soy inocente; no tengo nada que ver. Esa noche estaba en mi casa, con mi mujer, atendiendo la despensa y todos los vecinos me vieron”, repetía Petaco, quien no sólo no ocultaba su bronca por la detención, sino también porque esa tarde, el primer equipo de Patronato recibía a Nueva Chicago por el torneo del Nacional B y no iba a poder estar en la cancha, en su rol de jefe de laBarra Fuerte del equipo paranaense.

Volvió a la cárcel, igual que en el 2008, cuando lo capturaron tres años después del intento de robo al local de Red Megatone, en avenida Almafuerte, donde terminó tiroteándose con dos policías, cuando comenzaron a perseguirlo. A poco de fugarse se escondió en el conurbano bonaerense y se metió en el negocio del fútbol. Aunque sin mostrarse demasiado, estuvo cerca de varios jugadores e incluso logró cierta amistad con la familia de Enrique Bochini, recordada gloria de Independiente. A poco de ser capturado, la Sala Segunda de la Cámara del Crimen de Paraná lo condenó a 7 años de prisión. Al tiempo, cuando empezó a tener salida sociofamiliar, fue baleado en la puerta de su casa y tuvo que ser internado de urgencia en un sanatorio de Paraná, donde permaneció grave por varios días.

*****

Nunca en la vida atravesó un momento igual. Sabía que estaba jugado con su decisión, pero una cosa era que se la contaran y otra muy diferente vivirlo en carne propia. No habían existido inconvenientes en la larga ruta desde Misiones, pasando por Corrientes y algunas localidades de Entre Ríos. El viaje había sido absolutamente normal, sin contratiempos. Ni siquiera cuando fue a Paraná y cambió el vehículo. Sabía perfectamente que ese hombre que le cedió el auto hace tiempo está controlado por la Policía, pero no le dio demasiada importancia. Al fin de cuentas, iba a quedar como un vecino más que llegaba hasta la casa del narco paranaense y se iría silbando bajito en uno de sus tantos automóviles. Incluso, cuando pasó por el puesto policial del Túnel Subfluvial, los agentes de turno lo saludaron apenas levantando la mano. Lo reconocieron como alguien cercano a la Gobernación y se sabe que los muchachos siempre tienen pase libre por esos lugares de control para el resto de los humanos. Podía haber ido por Victoria, pero entendió que seguramente iba a haber gente de Gendarmería Nacional en la ruta hacia Rosario y estaba más flojo de controles la autopista.

La tarde se estaba cerrando ese 13 de mayo de 2014. Estaba algo cansado por la extensión del viaje, pero sabía que tenía que llegar sí o sí a Rosario, para cumplir con la misión asignada. Ahí terminaba su periplo y se desocupaba, para retornar a Paraná. Al día siguiente debía volver al trabajo en Casa de Gobierno; no había margen para pedir otra jornada de licencia o que alguno de sus compañeros le hiciera la gauchada.

No entendía muy bien qué estaba pasando cuando a lo lejos comenzó a divisar algunas luces policiales, al costado de la autopista. “No debe ser para nosotros”, pensó en su interior. Le habían dado todas las garantías habidas y por haber y jamás le fallaron. Ni sus jefes, ni los aliados cercanos al gobierno, que también participaban del negocio bajo absoluta reserva. No era la primera vez que hacía un traslado parecido y venía viajando tranquilo.

Cuando se encontró con cerca de 100 integrantes de la Policía Federal, secundados por personal de Gendarmería, se dio cuenta que esa escena era lo más parecido a un pozo sin salida. En milésimas de segundos pensó en sus padres, en sus hermanos, en sus pequeños hijos. Hasta llegó a derramar algunas lágrimas de impotencia y consideró que todo estaba acabado. Ya nada sería como antes. Y quizás algo de razón tenía. Miró para los costados, para atrás y entendió que estaba solo. Que no tenía demasiado margen para decir que había sido el chofer oficial del gobernador Sergio Urribarri o del Ministerio de Salud de la provincia. Que era amigo de tal o de cual en la Casa de Gobierno de Entre Ríos. Atinó a agarrar el teléfono celular para hacer un llamado de urgencia, pero interpretó que ya era tarde. “Voy a comprometer a más gente”, pensó. Y no se animó a hacer movimiento alguno. Además, veía cada vez más cerca a ese policía de gorra, que le hacía una firme señal para detener el vehículo, rodeado de otros hombres con armas largas.

Ya era de noche. Únicamente se veía a los uniformados, con luces incandescentes y los brillos de las sirenas policiales que no paraban nunca de girar sobre los patrulleros.

No dudó en abrir la ventanilla del vehículo cuando lo interceptaron. Le explicaron que era un operativo de la División Narcotráfico y debían requisar el automóvil en el que se conducía (…).

Marcelo Alejandro Acosta era uno de los choferes de confianza de Sergio Urribarri. Había ingresado en el 2005 al Ministerio de Salud y Acción Social que conducía Angel Giano, en la última administración de Jorge Busti y fue derivado al Depósito Concentrador de Mercaderías, dependiente de tal organismo provincial. Su desembarco fue poco tiempo antes de la quema, en junio de ese año, de una gran cantidad de módulos alimentarios destinados a planes sociales adquiridos por un valor de más de $ 6 millones y que provocaron la renuncia de la ministro Graciela Degani. El Tribunal de Cuentas de Entre Ríos pudo determinar, cinco años después, que tales hechos provocaron un perjuicio al Estado provincial de 2.485.984,73 pesos. No obstante, en el 2008 la Justicia entendió que no hubo responsabilidad penal por los hechos y sobreseyó a los responsables. Sin embargo, el organismo no pudo determinar el volumen de la mercadería que se incineró, por cuanto buena parte de la documentación no fue hallada. Acosta y su amigo Diego Leonardo Martínez –más conocido como Román Riquelme, por su parecido físico con el ex jugador de Boca Juniors- empezaron allí su carrera en la administración pública.

En realidad, quien más peleó por hacerlo ingresar fue Ricardo Remedi, ex director de Servicios Generales en varias gestiones del justicialismo, a partir de la llegada de Busti, en 1987. Acosta siempre vivió a no más de 30 metros de la vivienda histórica de Remedi, en calle Catamarca y durante un largo tiempo trató de convencerlo al experimentado funcionario para que lo hiciera ingresar. Remedi falleció el 14 de noviembre de 2009, de un paro cardíaco fulminante y nunca se enteró del destino final de Acosta.

Acosta y Martínez siempre fueron buenos jugadores de fútbol y por ello eran siempre invitados a los picados oficiales, con funcionarios, empleados y a veces ministros y el propio gobernador. Cuando se pelearon con Remedi, ambos acudieron a Información Pública para ser incorporados a tal área. El entonces director, Pedro Báez, fue algo reacio a incorporarlos. En particular, porque se enteró que habían sido los mano derecha de Hugo Musto, quien segundaba a la ministro Degani cuando se quemaron los alimentos. Pero sus empleados insistieron en que era importante que los sumaran y accedió al pedido. Ambos empezaron en un rol de cadetes o todo terreno. Por el decreto 3518 del 20 de junio de 2008 Acosta pasó adscripto a la Dirección de Información Pública de la provincia y dos años después se transformó en chofer, en el ámbito de la Secretaría Privada del gobernador Urribarri.

En el medio, tuvieron un cortocircuito con Báez producto de algunas discusiones y lo conocieron a Sergio Cornejo en el 2009, quien ya era el asistente preferido de Urribarri. Pasó a la Gobernación por el decreto 3414 del 14 de septiembre de 2010, firmado por el propio mandatario y el ministro de Gobierno, Adán Bahl. Acosta se transformó, en realidad, en el esclavo de Cornejo. Este lo obligaba a llevar a sus hijos a la escuela, hacerle las compras o trasladar a algún familiar a Santa Fe si era necesario, siempre en el auto oficial. Incluso, cuando Cornejo se iba de vacaciones de verano, Acosta le cuidaba la casa quinta, en proximidades de la planta de Obras Sanitarias, que con el tiempo se transformó en lo más parecido a una mansión, después de una fuerte inversión de dinero que habría que ver si puede justificar. Claro que su mujer, Claudia Krenz, es quien maneja los fondos de la Cámara de Diputados de la provincia, liderada por el ostentoso y denunciado José Angel Allende (PJ-Nogoyá). El matrimonio Cornejo, que a principios de 2003 vendía camperas truchas de cuero en pasillos de Casa de Gobierno, traídas desde la frontera de Jujuy con Bolivia, hoy tienen un muy buen pasar económico.

Acosta se empezó a cansar de las exigencias de Cornejo, quien lo hacía trabajar de lunes a lunes. Era tal el nivel de demandas del secretario que Acosta comenzó a tomar anfetaminas. “No se podía dormir de noche. Se quedaba jugando con la computadora, porque siempre estaba pasado de rosca”, comentó un amigo. Había veces que llegaba de Buenos Aires a eso de las 4 de la madrugada, después de una intensa actividad oficial y Cornejo lo obligaba a estar a las 6.50 en su casa para buscar a sus hijos. Cuando Acosta tuvo llegadas tarde, Cornejo y su mujer optaron por hacerle la vida imposible y echarlo sin más contemplaciones de la Gobernación.

Por eso fue que el 7 de abril de 2014 apareció el decreto 802 de la Gobernación, también firmado por Urribarri y Bahl, por el cual se lo reintegraba al Ministerio de Desarrollo Social al mencionado Acosta. Pero en realidad nunca se reincorporó a tal sector. Acosta tenía un sueldo de unos 12.000 pesos mensuales y de repente se quedó con menos de la mitad, porque los embargos judiciales lo ahogaban mes a mes. Estuvo a punto de desembarcar en el Ministerio de Trabajo, porque un amigo de él habló con su titular, Guillermo Smaldone (actual presidente del Tribunal de Cuentas) y éste había dado el aval. Incluso, le iba a pagar un plus importante por horario vespertino. Pero ello nunca ocurrió. Acosta desapareció por varios días y dejó un tendal de amigos, a los que le pidió plata prestada, para paliar su afligente situación económica. Todos se enteraron de su paradero cuando apareció en la tapa de la revista Análisis, preso por narcotraficante y tras cobrar no más de 20 mil pesos de la organización narco, por el trabajito de traslado de la cocaína. Buena parte de ese dinero fue derivado luego a una abogada de Coronda que se contrató.

“Nadie habla de esto. Es una orden a rajatablas”, se ordenó en la Gobernación, cuando apenas unos pocos se enteraron de la detención del chofer Acosta. La directiva la manejó Sergio Cornejo, en medio de las caras largas de varios empleados amigos, que sabían que Acosta era lo más parecido a un siervo con el asistente personal del gobernador. Nadie olvidaba que Acosta hasta le organizaba tours de pesca de fines de semana en lugares del río Paraná y comidas típicas junto con buen vino, al asistente, para que pudiera descansar y distraerse después de tanto ajetreo con el gobernador.

Daniel Enz

Daniel Enz. Periodista. Director de Revista Análisis

Los capítulos

-Capítulo I: La lucha por el territorio
El asesinato de Ricardo Mancuello en Paraná. La pelea por la sucesión. Los otros crímenes por encargo en la puja territorial.

-Capítulo II: El hombre que concentraba el negocio
En ingreso del narcotráfico a Entre Ríos, a partir de fines de los ’80. Lo que sucedió en los principales departamentos: Paraná, Concordia, Gualeguaychú, Concepción del Uruguay. Las conexiones con Europa. Las vinculaciones con el narcotráfico de Santa Fe. La aparición de Julio Godoy. Narcos, criminales y el caso Otero.

-Capítulo III: La caída
La detención de Julio Godoy y su posterior fuga y caída. El rol policial y penitenciario en el plan. La grilla de sucesores, entre revanchas y mejicaneadas.

-Capítulo IV: El Viejo
El narcotráfico en Concordia. La cocina de cocaína que explotó. Las relaciones con José Sterz. Negocios y pactos del Viejo. El caso del Acceso Norte: otra cocina con actores que sorprendieron. La aparición de Bioletti en escena.

-Capítulo V: Vaivenes de una Cocina oculta
La vida de Sterz y Bioletti en la cárcel. Amistades peligrosas y conexiones internacionales. Historias de una extradición. Lo que sucedió en un polémico juicio oral.

-Capítulo VI: De sucesores, muertes y acuerdos
Los inicios de Elvio Gonzalo Caudana. Relaciones familiares y negocios. El escenario de los Larrosa. Espacios que se dejan y espacios que se ocupan, en medio de desplazamientos y muertes.

-Capítulo VII: El otro jefe
La historia de Daniel Tavi Celis. Historias del narcotráfico con Paraguay y Misiones. Los otros grupos narcos. El armado de pequeños ejércitos: soldaditos y pastores. Las relaciones con la política lugareña.

-Capítulo VIII: El barrabravas
La irrupción de Gustavo Petaco Barrientos en el negocio. Dos muertes violentas que conmocionaron y provocaron zozobra en la estructura judicial. Las relaciones con el fútbol: apoyos y aprietes. Poder de fuego y de negociación. El otro Ejército.

-Capítulo IX: De aviones, campos y extranjeros
Los negocios del narcotráfico a través de aviones, barcazas y escaso control. Cómo funcionan las líneas con Paraguay, Misiones, Corrientes y Santa Fe. Por qué La Paz, San Javier y Hernandarias. Los inversionistas extranjeros, tanto en esa zona como en el Departamento Uruguay. El desembarco colombiano y mexicano. Las advertencias de la DEA.

-Capítulo X: El Gordo
El reclamo de la Iglesia de Paraná, por el avance del narcotráfico en los barrios más humildes. El grito del padre Camino en la cara del gobernador y sus ministros. El poder de los narcos. El devenir carcelario de los Caudana. Avances y retrocesos judiciales. Los negocios con narcos santafesinos.

-Capítulo XI: Pesares de otra costa
Muerte y dolor en Villa Elisa. El lavado de dinero y el narcotráfico en el Departamento Colón desde fines de los ’80. Personajes, millones, poder e inversiones extrañas. Secuestro y mensaje mafioso. Lo que sucedió en el sur entrerriano y las conexiones con el Uruguay.

-Capítulo XII: El chofer del Diablo
La historia del chofer de la Gobernación. El avance de las bandas de Rosario en Entre Ríos. Relaciones peligrosas. La reacción del oficialismo ante la denuncia periodística. Las denuncias de la oposición y la escasa preocupación del poder político por el avance del narcotráfico.

-Epílogo

artículo original publicado en la edición del día sábado 23 de mayo de diario El Heraldo, de Concordia.
Gentileza de Ana Silvano, periodista y docente.

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