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Gustavo Altamirano, el enfermero acusado de abuso sexual: “mi vida fue un calvario constante”


Por Juan Pablo Portugau

Tavo Altamirano y Julia Elena Saenz

Las dos noticias tuvieron distinta trascendencia. A mediados del 2014, un joven acusaba a un enfermero del Masvernat de abusar sexualmente de él. Esa noticia, apoyada en la identidad sexual del enfermero, fue título de tapa de los diarios y repercutió en todos los medios de la provincia. En febrero de este año la Justicia sobreseyó libre de culpa y cargo al trabajador de la salud; esta segunda noticia, en cambio, apenas tuvo eco en los medios.

“Mientras vos seas el puto degenerado siempre vas a estar en primera plana (de los medios), pero cuando demostrás tu inocencia y la Justicia te entrega el sobreseimiento, ya pasás a un segundo plano”, cuenta Gustavo Altamirano, el enfermero acusado de abuso sexual, pero que en realidad fue la víctima de todo lo que pasó.

“Me acusó de algo que jamás hice”, dice sobre lo sucedido. El 12 de febrero de 2015 la justicia lo sobreseyó libre de culpa y cargo en el juicio que le iniciaron por abuso sexual. “Hoy en día me río”, dice, pero “la pasé… Y es horrible”.

Lo que Tavo (así le dicen sus amigos) pasó fue un calvario. La exposición mediática, la pre-condena social, la estigmatización. Días después del fallo de sobreseimiento, DiarioConcordia.com se sentó a conversar con él y con Julia Elena Saenz, militante social y política, que fue una de las personas que Gustavo conoció, y que lo apoyaron durante estos largos y angustiosos meses.

El principio

“El 20 de julio a las 6 y media ingresa un paciente, en ese entonces era menor de edad, tenía 17 años. Por un accidente de tránsito, chocó con un compañero en San Carlos, el compañero ingresó grave, él con lesiones leves”, recuerda Tavo. “Me tocó ese día la parte de consultorio para realizar curaciones. Cuando mis compañeros me lo derivan para que lo cure, me pregunta qué le voy a hacer, le digo que lo voy a curar. Con la mano me dice que espere, y me pregunta si había enfermeras. Le dije que sí había enfermeras pero en este caso me tocaba a mí curarlo. Y le pregunto porqué. Textuales palabras (con las que el muchacho le responde): ‘porque odio a los putos’.”

A partir de allí comienza un periplo que Altamirano nunca imaginó vivir, “no se lo deseo a nadie”, dice. La madre del entonces menor realiza una denuncia judicial por abuso sexual, el joven lo acusa de haberse querido propasar con él. Los medios le dan amplia cobertura al caso, en las radios, en los medios gráficos, en los medios digitales, las entrevistas a la madre se replican. El morbo alimenta la noticia, que trasciende la ciudad y tiene repercusión en medios de toda la provincia.

“Desde ese momento hasta el 12 de febrero mi vida fue un calvario constante”, señala. “Los enfermeros de la guardia estamos acostumbrados a recibir puteadas, insultos, amenazas, golpes, pero esta vez me tocó a mí, y me tocó feo”.

En lo estrictamente judicial, “nunca se presentaron, ni a los peritajes psicológicos ni a ratificar sus dichos…. Yo sí. Alguien que no hizo nada tuvo que pasar por todo, y el que hizo todo no tuvo que pasar por nada. ¿Me entendés?”, me pregunta, pero en realidad se lo pregunta a sí mismo, tratando de entender lo que pasó.

“Cuando recién me acusaron ya me inculparon. Ya me condenaron, en todos los medios, hubo mucha difusión, en primera plana, hablaba la madre, hablaba la hermana. Estuve difamado”. Altamirano se vio envuelto en una situación que le costó mucho afrontar. “Me ensuciaron tanto, me hicieron tanto mal… todo lo que pasé, el daño psicológico, mi moral, mi familia, porque sólo no lo sufría, estaba mi familia también”.

A lo largo de la entrevista Altamirano mencionará muchas veces el apoyo recibido de su familia, de sus amigos y de sus compañeros de trabajo: “Desde la Dirección del Hospital como del departamento de Enfermería, y en especial de mi servicio, siempre hubo apoyo”.

¿Pero cuál fue el calvario vivido? Es difícil transmitir en palabras escritas, los sentimientos que quedan claros cuando se lo escucha hablar. La voz le tiembla a lo largo de la entrevista, pero no por miedo o vergüenza, sino por indignación. La indignación de ser acusado y socialmente condenado, de algo que no cometió, por el sólo hecho de ser gay.

Julia Elena Saenz, docente y dirigente de Peronismo Militante, una de las tantas personas que Gustavo conoció a raíz de este hecho y que lo acompañó durante estos meses, explica: “La indefensión de la persona, el sentir que todas las miradas eran condenatorias, una carnicería de la persona acusada. La soledad en que queda la persona, no por el delito sino por la identidad”, y enfatiza: “Se criminaliza por quien es antes que por el delito”.

El “algo habrán hecho”

“Hoy en día, del 100% que decía que yo era un degenerado, sólo un 20% sabe que soy inocente. ¿Porqué? Porque no le dan tanta atención, porque hoy en día el que está hablando es el gay, no la ‘víctima’ (el joven que acusó), que en realidad era un homofóbico”, dice Tavo.

Julia analiza: “Si miramos algunos de los titulares de esos días, dicen ‘el enfermero gay’… Claro, si hay un asesinato, no dicen ‘un asesino heterosexual’. En cambio en el caso de cuando resulta acusado alguien que tiene una identidad que le ha costado un montón que socialmente sea respetada, se agrega como una cuestión que tuviera que ver”, cuando no es así.

–Termina siendo un adjetivo descalificativo

Tavo: “El que tiene dos dedos de frente, sabe que un homosexual, o un gay, o un puto, o como quieran llamarlo, jamás abusa. El que abusa siempre es el heterosexual”.

Julia: “Las estadísticas contradicen totalmente eso que se hace que es unir el abuso con la homosexualidad. Las estadísticas muestran que no es así”.

Y enfatiza en el dispositivo que une “la sexualidad, cualquiera sea, pero sobre todo las no reconocidas socialmente, al delito o a la enfermedad. O a lo que Gustavo explicó en una palabra, al degeneramiento, a la perversión”.

–Tiene que ver más con un prejuicio social

Julia: “Se cuenta con cierto presupuesto, cuando alguien levanta la voz y une un delito a una identidad sexual, se cuenta con el presupuesto social de que “sería entonces verdad”.”

–¿Porque hicieron esto?- le pregunté a Gustavo. ¿Porqué el cree que el joven y la familia accionaron como lo hicieron?

“Si vos me lo preguntas no se. No se. No tengo respuesta para esto”. Me responde y queda en silencio. Busca esa respuesta, que no la tiene.

Julia intercede. “Para él, el efecto ha sido muy grande. Y la tarea de de-construir ese daño es también una tarea muy grande. Como parte de la tarea de de-construir todo ese daño es contar que ha sido sobreseído. Pero eso es solamente una parte. Lo otro es seguir planteándonos que es necesario discutir esto en ámbitos académicos, en ámbitos políticos. Tiene que ser una política de Estado, y tiene que haber herramientas y manos que auxilien, para que esa política de Estado llegue a la gente”, dice, y agrega: “lo más importante es el eco que tuvo en la sociedad”.

Negarse a sí mismo

Julia cuenta que cuando lo conoció a Gustavo, en los primeros días del escándalo, él le confiaba “Yo no quiero negar quien soy. Yo soy gay, nunca lo negué, no quiero negarlo ahora”. Y entonces reflexiona: “Mirá hasta dónde le estaba pegando la acusación, que la persona está pidiendo que no le hagan hacer lo que nunca tuvo que hacer”, negarse a sí mismo, dice ella.

La noticia que sí hay que recordar

“Yo demostré mi inocencia, pero no estoy conforme con todo lo que pasé. 25 años de servicio, jamás le falté el respeto a nadie”, dice Gustavo. “Lo único que me dijeron, mis pacientes, que me satisface, fue “gracias”.”

Julia: “Él salió una vez en los medios. Antes. ¿Sabes porqué?”, me pregunta. Lo miro a Gustavo, y me cuenta:

“Fue un día de elecciones, un mundo de gente esa guardia… Quedé recargado, estaba de 6 a 14 horas, faltan dos compañeros y me tuve que quedar hasta las 22. Pasan dos horas y una cartera tirada ahí, no la toquen, no la toquen… No me aguanté más, la agarré, cerré la puerta del consultorio y abrí la cartera. Saltan así los billetes. 10.555 pesos. ¿Qué hago? Buscar los documentos, o algo, busco, busco. La localizo a la señora (la dueña de la cartera) y la llamo. Me dice ‘me di cuenta que la perdí pero no me quise volver porque como era en el hospital, ya la daba por perdida’. Entonces le digo: señora, yo salgo a las 22, venga. Le devolví los diez mil quinientos cincuenta y cinco pesos, que después ella me cuenta eran para operarlo al padre que viajaba al otro día”.

Las dos noticias que lo involucraban tuvieron distinta repercusión. En la que había sido la persona que devolvió más de diez mil pesos, poco eco. La otra, excesivo.

¿Y ahora?

Cerrando la entrevista, le pregunto si todo lo que sucedió lo condicionó en algo en su trabajo, en su forma de proceder.

“Lo que hago ahora es…”, responde, “trato de no estar solo. Si va un chico, en estado de ebriedad, o lo que sea, trato de… es como que tengo, no miedo, sino un poquito más de cuidado”.

Gustavo destaca que “institucionalmente el hospital nunca me dio la espalda” y agradece el apoyo de sus colegas y compañeros de trabajo.

–¿El juicio, la abogada, lo solventaste vos solo?

–La parte económica la afronté solo. Salió de mi bolsillo.

–Y ahora, ¿qué esperas? Fuiste sobreseído, la Justicia dijo que sos inocente, que no tenes nada que ver con lo que te acusaron. ¿Le pedís algo a la familia y al joven que te acusó injustamente?

— Me conformaría con que el pibe salga en los medios y me pida perdón. Aunque no soy Dios para que me pida perdón. Aunque sea que me pida disculpas. Que reconozca…

Se le anuda la garganta cuando recuerda lo que fueron estos últimos 8 meses. Pero ríe. Esa sonrisa en la que el dolor está presente (que no va a ser fácil olvidar todo). Pero esa sonrisa, también, de satisfacción, de sentirse orgullo de quien es, y de que todo, al fin, se haya aclarado.

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